Ser liberal

Por Christian Zimmermann

Durante mucho tiempo me pregunté por qué siendo tan clara y positiva la filosofía liberal existe todavía anta gente que no la comprende y no la apoya.  Me cuestionaba por qué los liberales no respondíamos con mayor énfasis a las demenciales y enfermizas interpretaciones que se escuchan a diario, sin mencionar la andanada de calumnias e injurias que se expresan en contra de quienes estamos absolutamente convencidos de sus bondades.

Mis interrogantes existenciales me llevaban, por último, a inquirir el por qué no terminaban de una vez por todas con esta nihilista actitud pasiva, que sin querer cooperaba y aún coopera contra mis hijos, mis nietos y todas las generaciones que irán muriendo intelectualmente con el veneno del estatismo y sus innumerables disfraces.

Con respecto a lo primero debo imitar el noble ejemplo de Alberto Benegas Lynch (h) aceptando que debe existir sin duda una falta de capacidad para transmitir el mensaje.

Aunque su natural modestia lo incluye, yo no lo considero dentro de la categoría, que sí me incluye a mí y a muchos otros que representan de alguna manera en “dormirse en los laureles”.

Como sin duda el liberalismo es creativo, es innovador es tolerante y es generoso, creímos que debía ser comprado al instante. No nos dimos cuenta de que sus enemigos tienen intereses tan profundos y muchas veces tan perversos que no aceptarían la derrota total por más que intelectualmente no pudieran continuar luchando.

Debemos formarnos mejor, leer mucho más y aprender a lidiar con una dialéctica como la de la izquierda que es tortuosa, esquiva y que utiliza, para confundir, todas la maniobras más bajas que uno pueda imaginar. Entre ellas y en primer lugar, la de acusar al liberalismo de perjudicar a los más débiles cuando se trata justamente de lo opuesto.

Pero volveremos sobre ello más tarde porque justamente esta pérfida estrategia de los socialistas representa la respuesta al segundo planteo que presentara al comienzo.

Para encarar el tercer punto, comienzo ya a rechazar de plano la división que incluye al liberalismo como parte de una derecha enfrentada a la izquierda. Para mí, y creo que ara todos los liberales, la izquierda y la derecha son igualmente dañinas porque desconocen el principal derecho natural con que venimos al mundo: la libertad individual. Que me la quiten los fascistas o que me la arrebaten los comunistas da lo mismo. Me quedo sin lo mejor que uno pueda tener en la vida.

Otro rechazo terminante es aceptar como elemento de discusión válido el término ‘neoliberalismo’. No solo no existe  tal cosa sino que representa la expresión más acabada de la ignorancia de quien la emplea y la dosis de mala fe necesaria para disimular la falta total de argumentos racionales con que se quiere atacar lo que es inatacable si se usa la razón y el conocimiento.

Para cerrar en aras de la brevedad los rechazos que debemos enarbolar con contundencia, deseo referirme a la tremenda falsedad con que se asimila esta filosofía con la época llamada también de mala fe como “los noventa, la era menemista, la desaparición de Estado y todas las sandeces parecidas conque nos llenaron la vista y los oídos durante los últimos tiempos.

Solamente una persona que carezca por completo de materia gris puede decir de buena fe que la época en la que creció de manera descontrolada el gasto público, se fijó por decreto el precio el precio más importante de la economía, se intensificó la entrega del mercado laboral a los caciques sindicales y donde los ‘sellos de goma’ comprados y la venta de influencias constituían una moneda corriente, era inspirada en el liberalismo.

Que en forma aislada, incoherente y mal instrumentada se hayan realizado algunos cambios que el país necesitaba como el aire, para sobrevivir, no significa que esa malsana identificación tenga algún sentido.

Ser liberal significa antes que nada creer en el individuo como tal, con sus virtudes y sus flaquezas, su capacidad para discernir y su derecho a equivocarse, sus fortalezas y sus debilidades, pero siempre actuando en libertad.

También significa poner límites al poder omnímodo del Estado, organización que nace de la voluntad libre y espontánea de los individuos y como tal no puede arrogarse la facultad de emplazarlos, anularlos, explotarlos y reducirlos a un mero número estadístico en manos de burócratas ‘iluminados’.

Ser liberal significa creer en la competencia de manera sana y transparente para someterse todos los días al voto espontáneo y sin torceduras del agente común. Esta gente vota todos los días con sus decisiones personales y no solo en un cuarto oscuro lleno de falsas promesas y mentiras.

Ser liberal es ser tolerante en la discusión aunque sea firme en sus convicciones, es creer en la educación como derecho fundamental para enriquecer las oportunidades de todas y cada una de las personas, sin importar su religión, su raza o su nivel socio económico. Es creer que no hace falta hablar de justicia social porque el término de justica lo comprende todo.

Es vivir, es luchar, es esforzarse, es sufrir y disfrutar, es considerar sagrado el derecho de propiedad. Es querer legarl a nuestros hijos y nietos un futuro mejor que el pasado o el presente  que nosotros tuvimos o tenemos.

Es no sólo la antítesis de lo que nos hace padecer esta nefasta clase política, sino también la posibilidad cierta de ser dueños de nuestro destino sin un ‘Estado benefactor’ (sic) que lo destruye todo, sin dictadores disfrazados de presidentes, sin congresos compuestos por gigolos de la sociedad.

Liberalismo es en definitiva vivir en LIBERTAD como los países más prósperos y envidiados del planeta.

Dr. Christian Zimmermann
DNI 4.159.340

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