Los atajos del Gobierno para no rendir cuentas

Por Pablo Mendelevich – LN

El oficialismo pretende invertir la carga de la responsabilidad y le apunta a la oposición.

El museo imaginario de frases de la política debería tener por lo menos dos salones diferenciados. Uno sería el banal, el risueño, en el que seguramente se destacaría Menem anunciando los vuelos a la estratosfera. El otro, también capaz de arrancar sonrisas aunque más bien amargas, guardaría las frases trascendentes, esas que dicen mucho sobre el autor, sus ideas, su espesor, su moral, el contexto, no ya las que solo entretienen. Allí estaría Luis Barrionuevo con la receta de parar de robar por dos años, Duhalde cuando anuncia que el que depositó dólares recibirá dólares, Néstor Kirchner esculpiendo no al hombre nuevo sino al enemigo nuevo (“¿qué te pasa Clarín, estás nervioso?”), Cristina Kirchner notificando que hay que tenerle miedo a Dios pero también a ella o su predicción silabeada “vamos por todo”, Macri sacado al enorgullecerse de un remedio hídrico barrial (“¡no se inunda más, carajo!”), Alberto Fernández con su podio sanitario: “al país le fue mejor con el Covid que con Macri”.

Esta colección, por cierto nutrida (lo anterior fue apenas un muestrario), hasta guarda frases que si se las zurciera podrían darnos un tratado sobre las debilidades institucionales argentinas. Porque entre lapsus, jactancias, bravuconadas, fanfarronadas y exabruptos describen los modos de pensar de la dirigencia puestos al desnudo con estruendosa contundencia.

La última contribución al salón de frases sino trascendentes, elocuentes, acaba de hacerla el jefe de Gabinete Santiago Cafiero. El viernes pasado, al rendir cuentas en el Senado, obligación con la que estaba en falta por no haber ido a esa cámara desde el año pasado, le espetó a la oposición: “cuando esta pesadilla (la pandemia) termine van a tener que rendir cuentas”.

El artículo 101° de la Constitución es bien claro respecto de la obligación del jefe de Gabinete de ir mensualmente al Congreso (una vez a cada Cámara), pero nada dice –ni ahí ni en ningún otro lado- sobre rendiciones de cuentas opositoras. Una omisión razonable si se considera que a las cuentas no las lleva la oposición sino el Gobierno. Es una diferencia elemental que, como debió notar el jefe de Gabinete, está relacionada con la tenencia del poder, el lado del que él se encuentra.

El Congreso controla al Poder Ejecutivo. Esto de que los servidores públicos brinden informes a los representantes del pueblo y de las provincias se ideó, precisamente, para evitar los abusos de poder. Pero la oposición ¿de qué abusaría? ¿de oposición?

Si la oposición tuviera que rendir cuentas sobre cómo, cuánto, cuándo y a qué se opone, el primer problema por resolver sería ante quién. ¿Ante el Poder Ejecutivo? Vaya trampa. Eso ya está inventado. Son autocracias que funcionan como democracias truchas. Fingen elecciones libres y hasta se dan el lujo de tener opositores de utilería, en verdad apéndices del autócrata. A los verdaderos opositores, en todo caso, se los encarcela o elimina.

Otra cosa es que la oposición, como el oficialismo, comparezcan cada dos años ante el electorado, el soberano que tiene la potestad de premiarlos o de castigarlos. Pero no es una rendición de cuentas en sentido estricto, por lo menos no es una rendición institucional como la que Cafiero estaba practicando el viernes en el momento en que decidió equipararse con la oposición, a esa hora encargada de hacerle preguntas -de hecho le preparó 1.160-, nunca de responderlas.

El Jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, durante el informe que dio la semana pasada ante el Senado.

Aunque el viernes Cristina Kirchner tenía cosas más importantes que hacer que escuchar la rendición del jefe de Gabinete (por eso se quedó en su despacho y no presidió la sesión), Cafiero le había preparado una ofrenda. Se mostraría como un gran discípulo. Maestra en embrollar el Estado de Derecho, hace tres meses, cuando le permitieron hablar ante la Cámara Federal de Casación Penal en la causa de dólar futuro (luego caída), la vicepresidenta zamarreó a los jueces diciéndoles que no era ella quien debía responder preguntas sino ellos, los jueces. Los acusó de distintas cosas, incluso dijo que el Poder Judicial junto a los medios de comunicación provocaron un clima que facilitó la victoria de Macri. En buen romance, Macri no ganó las elecciones de 2015 porque fue el más votado sino por el “lawfare”, la perversidad de la banda diabólica justicia-medios.

Con la misma furia y parecidos argumentos Cristina Kirchner ya había ido en 2019 contra los jueces que la juzgan cuando compareció en la causa Vialidad, acusada de liderar una asociación ilícita para redireccionar la obra pública de Lázaro Báez en Santa Cruz. En esa oportunidad le enrostró al presidente del tribunal un “plan sistemático” de persecución contra ella, usando la expresión que en el juicio a las juntas se les endilgó a los responsables de secuestros, torturas y asesinatos. Al final, como es de rigor, el tribunal quiso saber si la imputada iba a contestar preguntas. “¿Preguntas? –dijo la entonces vicepresidenta electa-, preguntas deberían contestar ustedes”.

Ya es un clásico. Las preguntas, exigimos, contéstenlas ustedes. Rindan cuentas. Son los responsables. Dar vuelta todas las cosas, una constante con sello de agua cristinista, algunas veces sirve para eludir a la justicia y otras para evadir las responsabilidades gubernamentales y los malos resultados.

Lo de la inversión de las preguntas hizo escuela. El grotesco episodio del periodista de C5N que hace poco organizó un escrache frente a la casa de Patricia Bullrich fue una profanación de la movida que se llamó “queremos preguntar” (2012), en la que Jorge Lanata convocó a decenas de periodistas para reclamarle a la presidenta Cristina Kirchner que diera conferencias de prensa. Pero acá se repetía un queremos preguntar bastardo.

Si azuzar a la oposición con rendir cuentas es ridículo, mucho más lo es cuando quien formula el reclamo faltó a las rendiciones de cuentas prescriptas por la Constitución. Y encima pertenece al sector político que en el período anterior ejercitó una oposición demoledora, no en sentido metafórico sino literal, con cascotes, mientras fogoneaba un asalto al Congreso para frenar una ley que le disgustaba. Pasó cuatro años fustigando al presidente de entonces con el peor agravio de la escala, la asimilación con la dictadura. En un juego ambiguo que mezclaba la normalidad institucional con el tono insurreccional, el kirchnerismo en particular nunca terminó de reconocer la legitimidad de origen de Macri, desde el momento en que boicoteó el acto de asunción y atribuyó su triunfo, como ya se recordó, a una conspiración de medios y jueces. Hay un “lawfare” para cada necesidad.

Es cierto, la pandemia, con sus tres áreas de conflicto, vacunas, restricciones y economía, trajo con el drama comprobado una radicalización del antagonismo político, que puso a la muerte, nada menos, en el centro del escenario. Entonces sobrevinieron las acusaciones discursivas respecto de vidas perdidas por encima de las que el virus se habría llevado si todo se hubiera hecho bien, un ejercicio contrafáctico temerario, imparable.

Pero la administración de la crisis no se colectivizó. El oficialismo pretende que por estar tres provincias y fundamentalmente la capital en manos de opositores y por haberle dado la Corte la razón al Gobierno porteño en el litigio sobre la autonomía el manejo de la crisis es compartido. Socializar los errores con las compras de vacunas, con el plan nacional de vacunación o con el manejo de la economía en la emergencia es tan forzado como exigirle a la oposición que rinda cuentas.

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