Entre la revolución y la evolución

Por Eduardo Minich

“Para que haya guerra tiene que haber odio” Adolf Hitler

El mundo está en constante evolución. Los cambios, las transformaciones, los adelantos de la ciencia y el avance de la civilización deberían –a esta altura- habernos enseñado que el mejor camino para ir asumiendo dichos cambios es el de la evolución natural. Es un camino más largo pero indudablemente más duradero y el que causa menores daños en el largo plazo.

La revolución implica el uso de la fuerza para imponer una postura por sobre la otra. La utilización de la fuerza (revolución) sin duda acelera los procesos. Acorta los tiempos.

No obstante, las secuelas que resultan de utilizar una u otra herramienta, son muy diferentes y la revolución deja heridas que perduran por varias generaciones.

Imaginemos que la sociedad se proponga llegar a un determinado destino. Un camino (el de la evolución) implica plantear ideas, construir consensos y avanzar a paso más lento pero firme hacia el destino propuesto.

El otro (el de la revolución) es un camino que toman los líderes autocráticos quienes, enarbolando banderas que suenan como música para sus seguidores, avanzan atropellando a todo aquel (o aquello) que piense en un camino diferente.

Tras los slogans, las diatribas y los relatos, generalmente se esconden las más perversas intenciones, que –casi siempre- implican los deseos de satisfacer sus propios intereses personales y ocultan (a quienes son arrastrados por esas consignas) que poco o nada les interesan los ideales de quienes, luego, son utilizados como carne de cañón (o como idiotas útiles) y terminan siendo un mero instrumento al servicio de mentes tortuosas y perturbadas. La mayoría de las veces es lo que sucede.

El mundo, mediante la evolución, fue cambiando desde el exterminio de pueblos vencidos y saqueados a someterlos a la esclavitud… Aunque hoy parezca una aberración, la esclavitud fue un avance por sobre la barbarie de la exterminación lisa y llana de los habitantes de los pueblos conquistados.

A los ojos de hoy, la esclavitud, es algo inconcebible. Sin embargo fue una etapa que las sociedades debieron transitar, en su largo camino hacia la libertad y la igualdad de los seres humanos.

Sobre el final de la guerra de Secesión de los EEUU, Abraham Lincoln, a la sazón presidente del país del norte, en medio de una gran confusión y catástrofe como es una guerra, tuvo la lucidez de introducir el debate sobre la abolición de la esclavitud. Debate que culminó con XIII Enmienda.  Un triunfo de la evolución.­

La evolución hacia la igualdad y el reconocimiento social hacia los habitantes afroamericanos hubo de transitar (y deberá seguir haciéndolo) un largo camino. No obstante, treinta años atrás, nadie hubiera imaginado que los EEUU llegaran a tener un presidente de ese origen. Sin embargo, hace poco más de 10 años Obama llegó a la presidencia. Otro ejemplo de evolución.

El camino de la revolución

Si bien toda generalización es odiosa, la mayoría de los casos, en que determinada sociedad eligió la violencia como herramienta para cambiar las cosas, tuvo consecuencias traumáticas y muchas veces, con visos de catástrofe.

Las guerras del siglo XX, la Revolución Francesa, la propia revolución americana y, si quiere hasta las guerras intestinas, dejaron secuelas que aún hoy perduran.

Esto es así porque una revolución siempre implica un avance de unos sobre otros (a la fuerza), una conquista siempre significa la apropiación de la que antes era de otro. Así entonces –lo hemos visto también en las revoluciones que tuvimos durante el siglo XX- cada revolución que tuvimos (y las frustradas) dejaron secuelas que aún perduran.

Los líderes que evolucionaron (Mandela, ‘Pepe’ Mujica por ejemplo. Por señalar solo algunos…) fueron capaces de dejar de lado sus rencores personales y poner por encima de ellos, la mirada del bienestar de la patria. Y lo hicieron a pesar de haber pasado, ellos mismos, por la experiencia violenta, pero que supieron admitir y enmendar.

Tras 27 años de prisión, Mandela supo decirse a sí mismo al traspasar la puerta que lo llevaba hacia la libertad: “Si sigo odiando a quienes me tuvieron encarcelado, me mente seguirá estando dentro de la prisión”. Su consigna fue ‘reconciliación y perdón’. El mundo terminó reconociéndoselo y Sudáfrica se encaminó por un camino diferente.

Hace pocos meses vivimos un ejemplo de civismo maravilloso. Aquí nomás, al otro lado del charco. Julio María Sanguinetti y José ‘Pepe’ Mujica, otrora enfrentados –hasta de manera violenta- tomaron la decisión de abandonar juntos –confundiéndose en un emotivo abrazo- sus cargos de senadores del vecino país de Uruguay. “Hace muchos años que en mi jardín ya no cultivo el odio, el odio estupidiza…”  Palabras de Mujica (otrora Tupamaro)  que penetraron muy profundamente en el corazón de los uruguayos. Por qué no, también en el de todos los latinoamericanos…

Son ejemplos que marcan un camino… Un camino por el que deberemos transitar para lograr volver a ser el gran país que alguna vez fuimos y que nunca debimos haber dejado de ser.

Resulta evidente que las señales que emanan de los líderes de cada país o región, tienen consecuencias (positivas o negativas) en el comportamiento social.

Hitler pregonó el odio (producto de sus propios resentimientos personales) y entre 40 y 60 millones de personas murieron en una guerra estúpida e inútil. Todo por elegir el camino de la violencia (el camino de la revolución).

Quo Vadis Argentina

Estamos transitando un presente que mira hacia el pasado. Un pasado signado por la violencia. Por las revoluciones y contra revoluciones.

Un pasado que vuelve siempre como un fantasma que se niega a rendirse, y el presente remite a la violencia de los años ’70. Una violencia de la cual muchos, protagonistas (que evolucionaron) se arrepienten y se proponen aportar a la construcción de un país mejor,  mientras otros (algunos hoy gobiernan) apuestan al odio como mecanismo para generar violencia, pregonando ir hacia una supuesta revolución de en la que no creyeron ni participaron. Es más, ni siquiera les interesó en su momento.

Una revolución que utilizan como bandera para enervar los ánimos de muchos que, con buena fe, creen que ese es el camino, que los enemigos señalados (igual que los judíos por Hitler) no merecen ‘ni justicia’. Estamos llegando a límites peligrosos, los límites en que la violencia verbal puede desencadenar en violencia física.

De hecho, hemos vuelto como hace muchos años no sucedía, a situaciones donde muchos familiares ya no se pueden sentar en la misma mesa. Hemos vuelto (y está creciendo) a tiempos en que la delincuencia y con ello la inseguridad se adueñaron de las calles. Una inseguridad que muchos justifican y azuzan… Cuando no alientan y permiten.

Hace un par de semanas entrevistamos, en el programa ‘Sin Límites’ emitido por Destino 3 en el 90.3, al encuestador Jorge Giacobbe.

Algunos números que expuso verdaderamente asustan. En la última encuesta, más del 80 % de los argentinos estarían de acuerdo con la instauración de la pena de muerte.

Nuevamente la violencia, impulsada por el gobierno (por acción u omisión) tiene visos de una aceleración sumamente peligrosa. A cada acción le sucede una reacción.

Creer que este gobierno ignora todo esto, merecería de un buen baño contra la ingenuidad. Al igual que el referido iniciador de la Segunda Guerra Mundial, saben perfectamente hacia donde quieren llevarnos: “Para que haya guerra tiene que haber odio”.

Seguro que es difícil, que es un camino más largo, que cuesta mucho mantener la calma ante agresiones constantes cuidadosamente planificadas. Sé que es  difícil, pero no es por el camino de la violencia por donde vamos a poder volver a encauzar a este país. Nuestro país.

La convivencia, la reflexión, el perdón si es necesario, son los condimentos indispensables para reiniciar la marcha, y mantenernos (aunque cueste) dentro del sistema democrático –respetando la República y honrándola con nuestros actos- parece ser el único camino.

Apostemos a la evolución y dejemos de lado cualquier idea revolucionaria. Repito: aunque cueste.

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