Dunkerke

Por Eduardo Minich

“El que se humilla para evitar la guerra, tendrá primero la humillación y después tendrá también la guerra”  Winston Churchill

Corrían los últimos días de mayo de 1940, cerca de 400 mil soldados ingleses, franceses, canadienses y belgas estaban sitiados por el ejército alemán en las playas cercanas a Dunkerke (Francia).

La situación era desesperante porque no había escapatoria. De no recuperar, aunque fuera un cierto número (40 mil soldados se había atrevido a pedir Churchill) de tropas, la suerte de Inglaterra ‘estaba echada’. La derrota era inminente y urgía una solución.

La solución dependía de la decisión y el coraje de quien estaba al frente de tan dramática encrucijada. Dependía también de la valentía y el patriotismo de los civiles ingleses. La decisión fue tomada.

Cientos (quizá miles) de civiles se hicieron a la mar en pequeñas embarcaciones, cruzando el Canal de La Mancha, rumbo a Francia con el firme propósito de cumplir con una obligación que sentían era imperiosa e impostergable: Recuperar la mayor cantidad de soldados que fuera posible para llevarlos a Inglaterra y armar la resistencia.

La resistencia de una guerra en la que habían caído por la cobardía de un primer ministro (Chamberlain) que había preferido arrodillarse y ‘pactar con el demonio’ para exhibir una firma que ‘evitara’ la guerra y también –por qué no decirlo- por la complacencia de un pueblo.

La evacuación de Dunkerke tuvo un costo, pero ese costo (alto si se quiere) tuvo una incidencia determinante en el curso de la guerra. Fue una ’cuestión de vida o muerte’, de someterse y rendirse o enfrentar la realidad con coraje y patriotismo. Fue de las decisiones que se toman ‘cuando no queda más remedio’.

Muchas lanchas y buques fueron hundidos por cazas alemanes o por torpedos disparados desde submarinos. Muchos soldados y civiles perdieron la vida en el intento, pero el número de rescatados superó los 300 mil. Algunas cifras los sitúan en 340 mil.

¿Fue arriesgado? Sí. ¿Tuvo costos? Sí. ¿Se perdieron vidas? Sí… Tuvo costos, se perdieron vidas y significó un grave riesgo, pero esa decisión (y esa acción) cambió el curso de la guerra.

Esa gesta tuvo además, dos elementos indispensables: Coraje y patriotismo.

La situación no era para tibios, ni para cobardes y no se hubiera podido llevar a cabo sin un patriotismo acendrado asumido por el pueblo.

Pero esa decisión (y la propia estrategia de la guerra) tampoco hubiera podido llevarse a cabo, sin una mancomunión de voluntades políticas que pusiera por delante el destino de la patria a sus particulares intereses.

La renuncia de Chamberlain y el acuerdo entre el Partido Conservador y El Laborista para enfrentar juntos la difícil situación, fue un prerrequisito ineludible.

El ejemplo derramó desde las altas esferas políticas hacia el pueblo y todos, se encolumnaron tras un objetivo común. Así fue Churchill primer ministro y Attlee su vice (mientras duró la guerra). Y la guerra se ganó. Mientras tanto… Las diferencias quedaron postergadas.

 

La necesidad de estadistas

Argentina viene de una larga historia de frustraciones. Su inestabilidad política y económica no son otra cosa que la consecuencia de una ‘endémica’ cobardía (preñada de mala fe e incapacidad) para afrontar las medidas que son necesarias para que este país vuelva a ser lo que alguna vez fue (y que nunca debió haber dejado de ser). Un país que hoy estuviera a la vanguardia de los países del mundo y con ello un país próspero y con oportunidades Es lo que Argentina fue, y lo fue “para todos los hombres de buena voluntad que quisieran habitar el suelo argentino”

Desde hace ya muchos años (demasiados) que venimos de mal en peor. ¿Las razones? Vivimos ‘esquivando’ la responsabilidad de hacer las cosas como deben hacerse: Crear condiciones para que la gente quiera venir a invertir a la Argentina (no a irse); entender que no se puede ‘vivir de prestado’; asumir que el Estado no regala nada (lo que le regala a uno se lo quitó previamente a otro); que el Estado no debe ser un refugio de personas que quieren vivir sin trabajar; que la corrupción mata y que la situación no da para más…

Al igual que el pueblo inglés bajo el gobierno de Chamberlain que compró a ilusión de la paz, el pueblo argentino ‘compró’ la ilusión de que la prosperidad venía de manos del Estado y hoy, a pesar de la ruinosa situación en la que vivimos como consecuencia de la perversa combinación entre gobiernos corruptos, ineptos y cobardes, a muchos ciudadanos se los ve con una resignación que ‘mete miedo’ y aún hay muchos que lo siguen creyendo.

Los jubilados con uno de los ingresos históricos más bajos de la historia, empresas yéndose del país, jóvenes buscando su destino en otros lugares del mundo, más del 40% de sus ciudadanos sumergidos en la pobreza, con generaciones que ven como el estado se ha robado el trabajo y el esfuerzo de sus padres y abuelos, también los propios y, lo que es aún más perverso, el futuro y la ilusión de sus hijos y nietos… Otras que son ineludibles de señalar: con otras tantas, que no conocen otra cosa que ‘vivir de arriba’.

Lo dramático de esto es que quienes nos han gobernado, o fueron incapaces (no supieron ver), fueron unos ladrones (se robaron todo) o fueron unos cobardes (no se atrevieron a afrontar la situación) ‘pateando’ siempre la solución para adelante. Les tengo una mala noticia: Adelante lo único que hay es un abismo.

El país exige hoy ideas claras, decisión, coraje y patriotismo.

  • Decisión para encarar las reformas ineludibles que se debieron haber tomado hace ya muchos años.
  • Coraje para asumir que lo que hay que hacer va a significar costos y que esos costos habrá que asumirlos.
  • Y patriotismo. Porque sin patriotismo, no se pueden aunar voluntades para luchar por un país, poniendo por delante un futuro mejor (que es posible) por sobre mezquindades e intereses.
  • No pienso tolerar, que quienes nos arrastraron a esta situación miserable se presenten como el ‘cambio’.
  • No pienso tolerar que quienes viven colgados de la teta del Estado se sientan ofendidos cuando uno se los pone de manifiesto.
  • No pienso tolerar a quienes ya demostraron ser ineptos, corruptos o cobardes…

 

Los que estén pensando en presentarse para un cargo electivo reflexionen bien. Si aceptan, sepan que lo que van a asumir no es un cargo decorativo.

También, y esto va para mis conciudadanos, tengan la cuota de responsabilidad que les compete. A la hora de votar y a la hora de acompañar las medidas que van a ser necesarias tomar. Esto no es un ‘siga, siga…’ Va a doler.

En las próximas elecciones voy a mirar muy bien a quien a votar y les voy a pedir cuentas.

Corruptos, ineptos y timoratos… no cuenten conmigo.

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