A Cristina no la juzgan ni los fantasmas del pasado ni los ángeles del futuro

Rogelio Alaniz – LN

No es en los tribunales del cielo o en los tribunales de la historia donde la vicepresidenta debe responder, sino en los tribunales de nuestro Poder Judicial; estos jueces, y no otros, serán quienes la condenen o la absuelvan.

 

Los jueces condenaron a Cristina Kirchner a seis años de prisión. Se especula que apelará a la Cámara de Casación y a la Corte Suprema de Justicia. Sean cuales fueren las sentencias, en todos los casos serán las sentencias de funcionarios judiciales que intervienen en tiempo presente en los rigores y turbulencias del tiempo presente. A ellos, y no a otros, les corresponderá decidir acerca de los dilemas entre inocencia o culpabilidad. Dicho con otras palabras, a Cristina Kirchner la condenan o la absuelven los tribunales integrados por funcionarios más o menos falibles, más o menos virtuosos, pero efectivamente reales. A Cristina no la juzgan ni los fantasmas del pasado ni los ángeles del futuro.

Conocemos sus argumentos para refutar la sentencia. Todos los condenados los tienen. En el caso que nos ocupa hay una palabra precisa, un refinamiento verbal para designar lo que sin vacilaciones califican como persecución judicial: lawfare. Excelente coartada. De aquí en más todo político corrupto ya sabe qué palabra pronunciar cada vez que sea convocado por la Justicia. En el caso que nos ocupa, Cristina Kirchner no se privó de recurrir a otras figuras retóricas. La más resonante, la más cargada de resonancias históricas en sintonía con el relato populista fue la del fusilamiento. Se habla también de venganza, de odio y de resentimiento. Sin embargo, ni los efectos sonoros de las palabras, ni los recursos de la retórica, ni las excusas de la ideología lograrán impedir el efecto político, jurídico y estatal de una condena a una vicepresidente en ejercicio por los actos cometidos cuando fue presidenta. Para decirlo de una manera directa y destacando la novedad del acontecimiento: fue condenada en tiempo presente una titular del poder y en el ejercicio del poder. Importa destacarlo porque sabemos que no es lo habitual. Por lo menos en la Argentina no lo es. Todos somos iguales ante la ley, pero, dicho con cierto tono zumbón, sabemos que en el mundo en que nos tocó vivir algunos son más iguales que otros. Pues bien: en la ocasión este principio de impunidad, de privilegio de los poderosos, se rompió. Un tribunal de un Estado de Derecho la condenó, respetando todas las garantías que habilita un Estado de Derecho. El fallo judicial es al mismo tiempo un fallo a favor del Estado de Derecho. La condena a Cristina fortalece la democracia porque afirma el principio de igualdad ante la ley.

 

“La historia ya me absolvió”. La frase, lo sabemos, le pertenece a Cristina Kirchner. La pronunció delante de los jueces hace unos cuantos meses. Un estrado judicial fue el escenario. Sus palabras fueron certeras, oscilaron entre la soberbia y la cólera. El tono imperativo, el gesto desafiante le negaban cualquier posibilidad de intervención a la duda. Si nos vamos a tomar en serio sus palabras, Cristina Kirchner disponía de la certeza absoluta acerca del futuro. La historia, con mayúscula o minúscula, le había revelado o le había susurrado la clave que nos está negada a la mayoría de los mortales. Fidel Castro en el célebre juicio de Moncada fue más modesto. Lo que para Fidel era deseo para Cristina es certeza. De “la historia me absolverá”, pronunciado por Castro ante los tribunales de un déspota, a “la historia me absolvió”, pronunciada por Cristina Kirchner en los tribunales de la democracia, hay una diferencia de contenido y forma, algo más que un matiz o el empleo de un tiempo verbal. No es lo mismo el alegato de quien, más allá de consideraciones futuras, asaltó con un puñado de valientes el cuartel de una dictadura que la bravuconada de una expresidenta acusada de asaltar con un puñado de corruptos las arcas nacionales. En cualquiera de los casos, la única excluida es la historia. ¿O es necesario reiterar una vez más que, como disciplina teórica, la historia no se propone juzgar, sino comprender, explicar o interpretar? “Devolverle al pasado la incertidumbre del futuro”, escribe Raymond Aron. Esa incertidumbre, esa duda, parece que a Cristina Kirchner nunca la ha dominado. “La historia ya me absolvió”, es una declaración jurada, una profecía infalible hacia el futuro, pero es también una convicción absoluta en tiempo presente. Ella está convencida (o pretende convencernos) no solo de que su gobierno fue una de las grandes maravillas del planeta, sino de que solo la mala fe, la venalidad, cuando no la malicia, pueden poner en discusión una verdad tan evidente como la luz de la luna, la humedad de la lluvia o el resplandor del sol. Su pretensión es absoluta: ni su gobierno ni sus actos como gobernante pueden ser puestos en discusión. Solo la mala fe, el compromiso con el mal pueden desconocer aquello que se presenta con la eficacia de una evidencia.

A decir verdad, Cristina Kirchner no es la primera política que pretende poner la historia de su lado. No es la primera y seguramente no será la última. A los políticos, y en particular a ciertos líderes, los seduce identificar sus deseos, sus aspiraciones, con la historia. Y sobre todo les importa convencer a la sociedad de que sus actos son justos porque responden a esa cita secreta entre el líder y la historia.

¿Importa recordar que el juicio de la historia es tan inescrutable para los contemporáneos como el juicio de los dioses? Solo a las generaciones futuras les está permitido conocer su fallo, un fallo que, importa recordarlo, nunca es absoluto, siempre será controvertido. Esas nuevas generaciones suelen desconocer la unanimidad acerca del pasado. Los franceses siguen discutiendo a Napoleón, los norteamericanos a Roosevelt, los ingleses a Margaret Thatcher, los españoles a Franco. Los argentinos no somos la excepción. Todos nuestros próceres están puestos en discusión por los historiadores. Les guste o no a quienes aspiran al bronce, la historia como tal se resiste a la unanimidad. Solo a San Martín y Belgrano les está permitido disfrutar de ese privilegio, y no precisamente por razones históricas, sino porque las naciones necesitan honrar a sus padres fundadores. ¿Cristina Kirchner pretenderá acaso ocupar ese trono? No hay motivos razonables para presumir acerca de esa distinción en el futuro y estamos autorizados a suponer que mucho menos hay motivos para consagrar esta suerte de beatificación en el presente.

Se sabe que a los hombres no nos está permitido vivir otra realidad que el presente. Ni pasado ni futuro: presente. No es en los tribunales del cielo o en los tribunales de la historia donde Cristina debe responder, sino en los tribunales de nuestro Poder Judicial. Estos jueces, y no otros, serán quienes la condenen o la absuelvan. El martes 7 de diciembre de 2022 los jueces de los tribunales reales de la Argentina decidieron condenarla. Un capítulo se ha cerrado, pero el próximo también se desenvolverá en tiempo presente. Cristina Kirchner debe responder a ese presente. No lo está haciendo. Habría que evitar caer en la inquietante operación intelectual de “sustituir la historia por la histeria”.

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